Las seis de la mañana, mi padre Gilbert me despierta para ir a ver los repollos que tiene sembrados, estoy en la casa más humilde que haya visto jamás. Con la luz del día tomo conciencia de dónde estoy, una comunidad muy pobre. Lidia me ofrece un café y dos bollos que están buenísimos y acto seguido hacen acto de presencia Rubén y Ezequiel, los niños de la casa. Nos ponemos rumbo hacia sus tierras para comprobar como es el día a día de esta familia, en el camino los niños, Gilbert y yo intercambiamos impresiones entre sus vidas y la mía, es una larga caminata subiendo la montaña, después de recoger repollos y papayas nos dirigimos a otra zona para recoger café, el fruto está recubierto de una pulpa roja, pero para mi sorpresa descubro que el café es blanco y no negro, también recojemos algunas naranjas, es medio día y volvemos a casa, pero aquí no acaba el día, ahora hay que despulpar, lavar, seleccionar y secar el café, un trabajo duro que me hará ver de otra manera el precio del café cuando regrese a España. Me sorprende la humildad, la generosidad, la alegría y el nivel cultural de estas personas, capaces de hablar de cualquier tema con un dominio del léxico digno de cualquier catedrático. Al final del día nos reunimos todos los jóvenes con nuestras familias para analizar el día. Descubro que mis compañeros están teniendo una experiencia muy similar, la emoción se siente en el ambiente y algunos tenemos que retener las lágrimas al escuchar los relatos de cada uno de nosotros y de nuestras familias, es increíble que en un sólo día se puedan tener tantas emociones. Regresamos a nuestras casas para descansar de un duro pero intensísimo día, no puedo estar más satisfecho.
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